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Genealogía de la violencia, anatomía del linaje

  • Foto del escritor: Violant Muñoz i Genovés
    Violant Muñoz i Genovés
  • 6 ene
  • 6 Min. de lectura

Toda novela que se atreve a narrar un origen se enfrenta a un riesgo: el de confundir el mito con la coartada. Las tres familias, de Miguel Ángel González, sortea ese peligro con inteligencia y ambición. No estamos ante un simple relato de los albores de la mafia italiana ni ante una novela histórica de aventuras, sino ante una indagación literaria sobre el nacimiento del poder, la transmisión de la violencia y la familia como estructura moral cerrada.


Publicada por Ediciones B, la novela propone una arquitectura narrativa que se despliega en dos tiempos —la Sicilia de 1957 y la Castilla del siglo XV— unidos por un objeto, un linaje y una herida que no cicatriza. Pero reducir la novela a esa doble línea temporal sería injusto: lo que Miguel Ángel González construye es una tragedia de largo alcance, donde el pasado no explica el presente, sino que lo acecha.


Desde las primeras páginas, el lector percibe que Las tres familias no quiere deslumbrar con artificios, sino instalar una inquietud lenta, persistente, como un rumor que atraviesa siglos. La prosa es contenida, precisa, deliberadamente sobria, y esa elección estilística refuerza el peso moral de lo que se cuenta. Aquí no hay épica glorificadora ni violencia estilizada: hay hechos, consecuencias y silencios.


El huérfano como figura inaugural

Hueso, el protagonista del relato situado en 1957, es un personaje construido desde la ausencia. Huérfano, criado en un hospicio durante los años más duros de la posguerra, su identidad se ha formado a partir de la supervivencia. No posee una historia familiar que lo sostenga ni un relato de origen que le permita comprenderse. Vive en Palermo como viven los que no tienen nada que perder: a salto de mata, a base de pequeños engaños, de astucia callejera y de una intuición casi animal para detectar el peligro.

Ese vacío no es solo psicológico: es narrativo. Hueso no sabe quién es, y la novela convierte esa ignorancia en motor dramático. Siempre lleva consigo un camafeo, un objeto encontrado junto a él cuando fue abandonado siendo un bebé. Un talismán, una curiosidad, una superstición. Lo que Hueso ignora —y el lector intuye— es que ese medallón no es un simple vestigio, sino la llave de una genealogía maldita.

La elección de un huérfano como protagonista no es casual. En la tradición literaria, el huérfano encarna la posibilidad de ruptura, de reinvención. Pero Las tres familias subvierte esa expectativa: aquí, la falta de pasado no libera, prepara el terreno para una revelación devastadora. Cuando Hueso descubre que es el último descendiente de una de las tres familias fundadoras de la mafia italiana, no se produce una escena de exaltación identitaria, sino una grieta. Saber quién es no lo completa: lo pone en peligro.


Siglo XV: el pecado fundacional

La segunda línea temporal nos traslada al siglo XV, cuando tres hermanos castellanos llegan a tierra firme tras una travesía desesperada. No huyen por ambición ni por deseo de conquista, sino por necesidad. Han vengado a su hermana, violada y asesinada por un señor feudal. La justicia que ejercen es comprensible, incluso legítima, pero no es gratuita. Los convierte en fugitivos, en proscritos, en cuerpos fuera del orden.

Ese acto inaugural es uno de los grandes aciertos morales de la novela. Miguel Ángel González no plantea el origen de las grandes familias mafiosas como un gesto criminal gratuito, sino como una respuesta extrema a una violencia estructural previa. El mal no nace de la nada: se engendra como reacción, como mecanismo de defensa. Y esa idea atraviesa toda la novela como una pregunta incómoda: ¿dónde empieza realmente la culpa?

Los tres hermanos deciden separarse para evitar ser capturados. Cada uno toma un camino distinto, llevando consigo una forma específica de entender la lealtad, el honor y la supervivencia. Uno de ellos se dirige a Sicilia, portando el medallón de su hermana asesinada. Ese gesto —aparentemente menor— se convierte en acto simbólico fundacional. El objeto no solo recuerda la pérdida: transmite una forma de estar en el mundo.

La leyenda que surge de estos hermanos no se narra como una verdad histórica cerrada, sino como un relato transmitido, deformado, reinterpretado. Y ahí radica su potencia literaria. La novela entiende que los mitos no importan por su exactitud, sino por su capacidad para ordenar el presente.


Sicilia como espacio moral

La Sicilia que aparece en Las tres familias no es un decorado exótico ni una postal folclórica. Es un espacio moral. Una tierra donde la ausencia del Estado, la pobreza estructural y la memoria de la violencia configuran una ética propia. La mafia, en este contexto, no surge como espectáculo criminal, sino como sistema alternativo de organización, nacido de la necesidad y sostenido por la familia.

Miguel Ángel González evita cuidadosamente cualquier tentación de glorificación. La mafia que retrata es opresiva, claustrofóbica, profundamente jerárquica. Protege, sí, pero exige obediencia absoluta. Ofrece identidad, pero a cambio de libertad. Y castiga la traición con una severidad que no admite matices.

Hueso, al ser introducido en este mundo, no se convierte en héroe ni en antihéroe. Se convierte en pieza. Y esa toma de conciencia es uno de los momentos más poderosos de la novela. Porque la verdadera tragedia no es descubrir que se pertenece a una familia poderosa, sino comprender que no hay salida limpia.


La familia como estructura cerrada

Si hay un eje que vertebra toda la novela es la familia. Pero no la familia sentimentalizada, sino la familia como institución de poder, como maquinaria de transmisión de la violencia y del silencio. En Las tres familias, la familia es refugio y amenaza a la vez. Protege de un mundo hostil, pero exige una lealtad que anula al individuo.

Los vínculos familiares no se basan en el afecto, sino en la deuda. Se pertenece porque se debe. Se obedece porque se hereda. La sangre no une: obliga. Y esa concepción atraviesa tanto el relato histórico como el contemporáneo.

Hueso, que ha crecido sin ese entramado, descubre que la pertenencia tiene un precio más alto que la intemperie. La novela plantea entonces una de sus preguntas centrales: ¿es preferible la soledad o una identidad impuesta? ¿Puede alguien romper con su linaje sin destruirse en el intento?


Una prosa al servicio del sentido

Desde el punto de vista estilístico, Las tres familias destaca por una prosa limpia, controlada, sin exceso retórico. Miguel Ángel González escribe con conciencia del ritmo y del peso de cada escena. No hay capítulos superfluos ni digresiones ornamentales. Todo está al servicio de una progresión narrativa que avanza con firmeza.

Especialmente notable es el manejo de los saltos temporales. Lejos de fragmentar el relato, refuerzan su cohesión. El lector comprende pronto que ambas historias avanzan hacia un punto de colisión, y esa certeza genera una tensión constante. El pasado no es explicación: es amenaza.

La violencia, cuando aparece, se narra sin énfasis, casi con sequedad. No hay recreación ni espectáculo. Esa contención hace que cada acto brutal resulte más perturbador, porque se presenta como inevitable, como parte de un engranaje que nadie controla del todo.


Identidad, destino y responsabilidad

En su tramo final, Las tres familias abandona cualquier apariencia de novela de género para convertirse en una meditación sobre el destino. Hueso se enfrenta no solo a enemigos externos, sino a una pregunta que no admite respuestas simples: ¿hasta qué punto somos responsables de lo que heredamos?

La novela no propone una redención fácil ni una ruptura heroica. Entiende que el pasado no se borra. Se arrastra, se negocia, se resiste. Y a veces, simplemente, se repite. La tragedia no reside en la violencia heredada, sino en la imposibilidad de escapar completamente de ella.

Con esta novela, Miguel Ángel González confirma una madurez literaria notable. Las tres familias es una obra ambiciosa, sólida, escrita con pulso y con una clara vocación de perdurabilidad. Una novela que se lee como un relato de orígenes, pero que resuena como una tragedia contemporánea, porque nos recuerda que la familia —esa palabra que invocamos como refugio— puede ser también la más férrea de las jaulas.

Una novela, en definitiva, con vocación de clásico, que no busca deslumbrar con artificios, sino dejar una huella lenta, profunda y persistente. De esas que obligan al lector a preguntarse, una vez cerrado el libro, cuánto de su propia historia está escrita antes de nacer.

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